El más allá, por Julieta Escat

Son las cuatro y cuarto de la tarde. Estoy en el cementerio de la Chacarita. No sé bien por qué vine, pero vine. Hay mucho silencio acá. Y por ese motivo, se escuchan las conversaciones de los pájaros a un volumen muy alto. Pasan autos por adentro del cementerio, pero son pocos. Hay más personas de a pie, como yo. Es increíble que en un lugar lleno de muerte haya tanto color. Hay flores muy vivas entre las tumbas. Algunas están cubiertas por una especie de enredadera que impide ver el fondo de cemento. Sólo se puede ver en ellas, en las lápidas, el dibujo de una cruz cristiana acompañada por la leyenda de algún familiar. En otros casos, sólo hay tierra y cruces torcidas. Quizás ya no queda ahí debajo ningún cadáver. Por ahí fue cremado. O tal vez nadie pudo comprarles a esas personas unas lápidas, como al resto de los fallecidos.

 

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Las nubes se están yendo, y eso le da pie al sol para hacerse notar. Ahora se ve todavía más colorido el cementerio. Me da miedo que un día tenga que volver a un lugar así pero para visitar a algún familiar. Prefiero morirme yo antes. Vine para saber si me sentía más viva que los muertos, y creo que sí, porque mientras caminaba por entre las tumbas, antes de sentarme en este banco de cemento, me dio vértigo imaginar la posibilidad de caerme, sin querer, en una de ellas. Y sentir vértigo es cosa de vivos.

 

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Hay olor a pasto mojado. Será porque esta mañana llovió, y ahora con el calor del sol las plantas desprenden este aroma a humedad. Los pájaros gritan mucho en este lugar. Eso me recuerda a que hoy tuve un sueño alborotado, relacionado con los muertos. Yo me encontraba en una casa nueva y, cuando abrí el armario de puerta corrediza, salieron un montón de zombis de piel blanca. Caminaban rápido, se me venían encima. De un momento a otro aparecimos en la cocina y yo les empecé a pegar con el palo de amasar. Los liquidé uno por uno. Sentía que se me agotaban las fuerzas, pero no podía dejarme morir así como si nada, menos por unos zombis de esas características. Y cuando creí que ya no quedaba ni uno, vino el mandamás, que tenía forma de burbuja naranja. Ese era resistente a los palazos, a los sillazos, a todo. Él y yo luchábamos en igualdad de condiciones. Era como esas bombuchas de agua chiquitas que no se revientan nunca. La pelea iba a durar mucho, pensé. Hasta que, de pronto, cuando el zombi-burbuja saltó hacia mi cara, agarré la sartén con aceite hirviendo e hice que cayera adentro. Se partió en mil pedazos.

 

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En este momento hay un pájaro de lomo marrón y panza amarilla apoyado sobre la tumba de Clementina Norma Malqui Sánchez. Me gusta el nombre Clementina. La lápida dice: “19.11.1961 + 17.7.2011. Q.E.P.D. Te recordaremos siempre con amor. Tu esposo e hija, e hijo”. Le pusieron flores de papel. Están un poco desgastadas. Y en la tumba, que está repleta de esa enredadera parecida al musgo, hay un cartel de mármol que dice: “Norma. En tus 50 años, te extrañamos hoy, mañana y siempre”. Qué rara es la forma que tenemos de relacionarnos con la muerte en el mundo occidental. Una vez leí que en una tribu de Papúa Nueva Guinea, los familiares de los fallecidos acostumbraban a conservar las mandíbulas de sus seres queridos para hacerse collares con ellas. Tenía un significado muy profundo para ellos, que ahora no recuerdo.

 

Estos fragmentos forman parte de la crónica El más allá.

 

Julieta Escat
Escribo para sobrevivir, para procesar el material crudo de la experiencia.
Y leo para saber que no estoy sola.