Instantáneas de un verano formoseño, por Gabriel Diosques

La vuelta traía el aire nuevo de la tardecita, el sol había bajado casi por completo. Papá sostenía la bici desde atrás mientras me decía “dale, pedaleá”. Cada tanto sentía un silencio repentino seguido de un cuchicheo vanamente disimulado. “¿Vos me soltaste?”, le inquiría al viejo. El me decía que no. A medida que íbamos llegando a la entrada al pueblo, el viejo se iba sincerando y me alentaba, “dale, que ahí vas solo”.

Vi adelante el cartel de “El Colorado” y la flecha, y mis músculos memorizaron que debían olvidar la tensión. Apenas abandonada la ruta, se olía el aroma de la tierra recién mojada por el camión regador, el piso húmedo dibujaba un camino liso, estable y fresco para tomar velocidad. En ese momento, el viejo me frenó de golpe. “Vos andá adelante nuestro así los abuelos te ven llegar manejando a vos y les das la sorpresa”. Y así fue, los vi ya desde la otra cuadra, sentados en la esquina, hasta alcancé a divisar el mate de madera en tu mano, abuelo.

Viví esa llegada como una especie de entrada triunfal, me sentía como alguien importante a quien el pueblo recibe con alabanzas.  Había aprendido a andar en bici. Y había aprendido en El Colorado, en el pueblo del calor, de los mosquitos y las chicharras, de las cunetas. ¿Será por eso que te fuiste a vivir tan lejos, abuelo?

 

Esta postal forma parte de la crónica “Instantáneas de un verano formoseño”.

 

Gabriel Diosques

Cuando era chico me gustaba imaginar que podía volar, aunque siempre me asustaron las alturas.

Con el tiempo encontré en la escritura un par de alas, y vértigo del bueno.