Domingos, por Nancy Miranda

El camino recorrido durante los domingos

del 2005 al 2006,

estuvo determinado por colectivo 85, cartel G,

que me llevaba desde Caballito hasta Avellaneda.

 

No sabía cómo mover la lengua,

cuando estaba frente a él.

Mi cuerpo se tensaba, pero igual iba

porque tuvo un accidente cerebrovascular.

 

Habían pasado diez o quince años

sin encontrarnos como hacen las familias.

Tuve enojo, pereza, miedo, orgullo

Me asombró descubrir que me esperaba cada domingo.

 

En la merienda solo tomábamos mate cocido,

le limaba las uñas y le encremaba las manos.

Estábamos tristes, recorríamos la impotencia.

Los silencios larguísimos se hicieron aliados nuestros.

 

Un día sin controlar mi esfínter bucal

le pregunté, ¿me querés?

Claro que sí, ¿y vos a mí?

El corazón se me abrió, comprendí toda mi vida.

 

Me avisaron por teléfono: tu papá se murió,

y volví a enmudecer por muchas horas.

Un velorio es un lugar donde las mezquindades desfilan

por suerte existen esos amigos que brillan y te abrazan.

 

Me puse mi mejor ropa para despedirlo,

y le di un beso en la frente cuando no hubo gente.

Una amiga me dijo: te re-pareces a tu viejo,

en el corte de la cara, en los pómulos, en las órbitas de los ojos.

 

Asumí mi rol de hija mayor, fui la anfitriona de la noche

y le contaba chistes morbosos a Fernanda.

Estuvo mi hermano, vinieron los compañeros de trabajo,

fue la última vez que vi a mi ahijada.

 

Lo despedimos como un rey.

Mi hermana nunca quiso verlo en el cajón.

Cuando llegó otro domingo, enfermé una semana

me tapé con la sábana y lloré sin parar

hasta la depresión.

 

 

Nancy Miranda

Cuando escribo, me viralizo como una trapecista de sueños/ una políglota del amor/ una maga de lo invisible/ también como una entrenadora de la escucha/ una poeta con un paraguas amarillo, a la que en los días de lluvia las palabras le salen por los dedos.

 

 

Vos, por C. B.

Naciste un 8 de marzo, tu vida la pasaste en el barrio de Mataderos. Te casaste y tuviste tres hijos: Jorge, Teresita y Susana.

En 1995, cuando tu marido estaba internado por un cáncer, te enteraste de que una de tus hijas me iba tener. Ella no te había dicho nada.

En el 2000, sufriste de un ACV, que hizo que quedaras hasta el 2018 en cama.

Comencé a tener conciencia de lo que pasaba a los cuatro o cinco años. Yo iba todos los sábados a verte, entraba detrás de mi mamá, tu hija. Ella me hacía upa y me acercaba para que te diera un beso. No sé si te enterabas, no podías hablar, ni moverte. El ambiente en tu casa no era agradable, demasiado frío y oscuro. Aunque mi tía abriera las ventanas y dejara entrar la luz, no era lo mismo.

Más de una vez, Teresita llamaba a Susana y le decía “Mamá no está bien, llamá a la emergencia”. Todos creíamos que era la hora. Mi mamá se iba a las apuradas hacia Mataderos para verte, pero cuando llegaba ya te sentías mejor. Eras un ave fénix, podías ponerte mal y a la hora, volvía todo a la normalidad.

Hace unos años, vi un vídeo del día en que nací. Hacía como cuarenta grados, vos me tenías a upa y en un momento le dijiste a tu hija: “¿No tendrá calor?”. Yo no paraba de llorar. Esa fue la única vez que escuché tu voz.

Nunca supe qué hacías conmigo. ¿Qué me preparabas cuando era chica, a qué jugábamos, cómo eran las navidades en esos momentos?

Ya siendo más grande, probaba mirarte directo a los ojos, pero muy pocas veces mantuviste la mirada fija en mí. Llegué a agarrarte la mano, y cuando en una ocasión no me la soltaste, me sorprendí.

En el 2018, te internaron de urgencias, y te hice una sola visita, me pareció demasiado fuerte verte conectada a un montón de aparatos. A los meses, creo que en junio, llamaron del hospital a tu hija mayor, Teresita, y le dijeron que habías fallecido. Ella llamó a mi mamá y con papá se fueron al hospital. Yo me quedé en casa, en ese momento no lloré, pero acepté de una vez por todas que el momento era ése y que sí o sí tenía que suceder.

Lloré al verte en el cajón, ahí, tan quieta, sin expresión alguna. De vez en cuando, trataba de acercarme a verte, pero mi hermana no me lo permitía.

Y es hasta el día de hoy que me pregunto si nos estás viendo a todos desde algún lado o si ya no existe nada más después de la muerte, solo el sueño profundo.

 

C. B.

Me considero una persona bibliofílica y ailurofílica. Introvertida. Amo el olor de los libros. ¿Un día ideal para mí? Lluvia + un libro + un café o té y, por supuesto, no puede faltar la compañía de mi gato.

 

 

El más allá, por Julieta Escat

Son las cuatro y cuarto de la tarde. Estoy en el cementerio de la Chacarita. No sé bien por qué vine, pero vine. Hay mucho silencio acá. Y por ese motivo, se escuchan las conversaciones de los pájaros a un volumen muy alto. Pasan autos por adentro del cementerio, pero son pocos. Hay más personas de a pie, como yo. Es increíble que en un lugar lleno de muerte haya tanto color. Hay flores muy vivas entre las tumbas. Algunas están cubiertas por una especie de enredadera que impide ver el fondo de cemento. Sólo se puede ver en ellas, en las lápidas, el dibujo de una cruz cristiana acompañada por la leyenda de algún familiar. En otros casos, sólo hay tierra y cruces torcidas. Quizás ya no queda ahí debajo ningún cadáver. Por ahí fue cremado. O tal vez nadie pudo comprarles a esas personas unas lápidas, como al resto de los fallecidos.

 

***

 

Las nubes se están yendo, y eso le da pie al sol para hacerse notar. Ahora se ve todavía más colorido el cementerio. Me da miedo que un día tenga que volver a un lugar así pero para visitar a algún familiar. Prefiero morirme yo antes. Vine para saber si me sentía más viva que los muertos, y creo que sí, porque mientras caminaba por entre las tumbas, antes de sentarme en este banco de cemento, me dio vértigo imaginar la posibilidad de caerme, sin querer, en una de ellas. Y sentir vértigo es cosa de vivos.

 

***

 

Hay olor a pasto mojado. Será porque esta mañana llovió, y ahora con el calor del sol las plantas desprenden este aroma a humedad. Los pájaros gritan mucho en este lugar. Eso me recuerda a que hoy tuve un sueño alborotado, relacionado con los muertos. Yo me encontraba en una casa nueva y, cuando abrí el armario de puerta corrediza, salieron un montón de zombis de piel blanca. Caminaban rápido, se me venían encima. De un momento a otro aparecimos en la cocina y yo les empecé a pegar con el palo de amasar. Los liquidé uno por uno. Sentía que se me agotaban las fuerzas, pero no podía dejarme morir así como si nada, menos por unos zombis de esas características. Y cuando creí que ya no quedaba ni uno, vino el mandamás, que tenía forma de burbuja naranja. Ese era resistente a los palazos, a los sillazos, a todo. Él y yo luchábamos en igualdad de condiciones. Era como esas bombuchas de agua chiquitas que no se revientan nunca. La pelea iba a durar mucho, pensé. Hasta que, de pronto, cuando el zombi-burbuja saltó hacia mi cara, agarré la sartén con aceite hirviendo e hice que cayera adentro. Se partió en mil pedazos.

 

***

 

En este momento hay un pájaro de lomo marrón y panza amarilla apoyado sobre la tumba de Clementina Norma Malqui Sánchez. Me gusta el nombre Clementina. La lápida dice: “19.11.1961 + 17.7.2011. Q.E.P.D. Te recordaremos siempre con amor. Tu esposo e hija, e hijo”. Le pusieron flores de papel. Están un poco desgastadas. Y en la tumba, que está repleta de esa enredadera parecida al musgo, hay un cartel de mármol que dice: “Norma. En tus 50 años, te extrañamos hoy, mañana y siempre”. Qué rara es la forma que tenemos de relacionarnos con la muerte en el mundo occidental. Una vez leí que en una tribu de Papúa Nueva Guinea, los familiares de los fallecidos acostumbraban a conservar las mandíbulas de sus seres queridos para hacerse collares con ellas. Tenía un significado muy profundo para ellos, que ahora no recuerdo.

 

Estos fragmentos forman parte de la crónica El más allá.

 

Julieta Escat
Escribo para sobrevivir, para procesar el material crudo de la experiencia.
Y leo para saber que no estoy sola.