El camino de lxs ángeles, por Tatiana Parodi

—Voy sola. En 6 min te vuelvo a escribir.

Con mis dedos temblorosos abandono la conversación en línea y enciendo el logo invertido de una gota de agua levemente perforada que rastrea mi ubicación.

Atravieso por la mitad la calle Santiago del Estero observando la tenebrosa desolación de las dos librerías de la esquina, el estado de abandono de la verdulería que tengo en frente y la contigua panadería. Sin embargo, la ventana de un kiosco enrejado ofrece un opaco destello de luz que contrasta con las calles enlutadas.

En este territorio de guerra regreso mi mirada a las puertas de la sombría facultad y confirmo mi miedo: seguiré sola, en el barrio de Constitución a las 23 hs. Un fantasma motorizado protesta por mi lento caminar y reboto al otro lado de la calle, como rana que saltando escapa del agua hirviendo.

—La oferta académica tiene la culpa —pienso.

Sobre la calle Carlos Calvo el fuerte viento desnuda los desnutridos huesos de los árboles, provocando una lluvia de hojas amarillentas en el suelo agrietado. Observo como en la pared blanca una sombra alta y ancha consume la mía y al escuchar unos pasos cansados pero apresurados por alcanzarme, vuelvo a brincar; ahora como una miedosa rana que acepta su destino en una circunferencia que arde.

—Jesucristo, cúbreme con tu bendito manto y séllame con tu preciosa sangre —grito mentalmente.

Camino rápidamente hasta llegar al roto vidrio espejado de la puerta curuba envejecida que generalmente evito para no desafiar la suerte. Giro la cabeza  y detallo en el reflejo al hombre alto y gordo que con la mano derecha en el bolsillo cruza hacia la vereda de enfrente. Él devuelve una mirada triste y esa superficie de cristal se rasga profundamente; parece haber reconocido mi miedo.

Un pañuelo verde se asoma por su espalda.

—Sí, 2 de 4. Creo que voy a recuperatorio —confirma gritando.

Sigo al hombre con cara de estudiante de sociología. Él camina rápido y para alcanzarlo tengo que ir trotando. Continúa caminando por Carlos Calvo y yo doblo a la izquierda de la calle Carlos Pellegrini.

Me culpo por ser una sedentaria con piernas cortas y gordas susurro con la respiración entrecortada.

Encima de las baldosas contaminadas de la monstruosa avenida se dibuja el contorno de una mujer. Pretendo regresar mi mirada a un local de antigüedades y ahí está ella, convirtiéndome en su ángel del pañuelo verde.

Ella acompaña mi ritmo, está tan cerca que parecemos amigas sin ganas de hablar. Me detengo en una estación de gasolina y la detallo esquivando miradas acosadoras. Ella es otro tipo de ranas, de las que no transpiran miedo, ni caen en las trampas.

Desciendo por las escaleras del subte C, en la estación Independencia. Camino por el largo y misterioso pasillo intentando separarme de las almas solitarias y de los pequeños grupos transnochados. Sonrío a la cámara que está a la derecha. Saco la SUBE de mi bolsillo mientras camino unos metros hacia la izquierda y miro con disimulo al segundo lente. Saludo al trabajador de metrovías y desciendo por las escaleras.

Próximo tren en tres minutos —leo mentalmente en la lejana pantalla

Detrás de la línea amarilla del andén espero a que se abra la tapa de la olla subterránea para entrar a otro miedo y cambiar la estrategia autoprotectora.

 

Tatiana Parodi

Soy una legítima heredera del realismo mágico de García Márquez. Estoy comprometida con la ficción y el helado de limón granizado. Me considero la lluvia que inspira un verso, un café amargo por la mañana y una hoguera en el infierno, por esto, escribir me sana las quemaduras, endulza los puntos finales y me ofrece silencio en la tormenta.

Elena, por Ana Novatti

Elena

“No tomes agua tan fría, te va a caer mal”, dice madre. La verdad, varias veces lo hice y nunca me pasó nada. No suelo desayunar, eso sí me cae mal, pero incluso esas insólitas mañanas en las que me desperté sedienta de agua tan fría como si fuera deshielo del Cerro López, así y todo y con el estómago vacío, no me cayó mal. Pero no tengo manera de hacerle entender eso a madre. Ella sigue convencida. También lo está de que varios alimentos, como por ejemplo el alcaucil, tiene que ser calentado previamente si recién sale de la heladera, o dejarlo un rato en la mesa para que agarre temperatura ambiente.

Muchas veces pensé que, en lugar de hacerle caso a abuelo y convertirse en profesora de inglés, tendría que haber estudiado bromatología y así encausar esa obsesión por la conservación y cocción de los alimentos, por las fechas de vencimiento, por la cantidad de veces que cambió de estado un pedazo de carne o el tiempo que estuvo sin frío un sachet de leche. Cada producto que guarda en la heladera es meticulosamente lavado, y no, no me refiero a lavar la fruta o la verdura antes de guardarla en el cajón de abajo de todo, sino a los frascos de cualquier tipo o botellas. Todo, absolutamente todo, tiene que estar limpio.

Me da pena saber que en José Mármol cortan tanto la luz, sufro del calor cuando es verano o del aburrimiento en el invierno pero, por sobre todas las cosas, sufro cuando la veo repasar mentalmente todo lo que tiene en el freezer. Durante años, o prácticamente durante toda mi vida, cada vez que se cortaba la luz en casa, madre llenaba la conservadora para la playa con todo lo que tenía en la heladera y se iba hasta lo de los abuelos, vivían a sólo diez cuadras pero no recuerdo que se les haya cortado la luz más que por algún cortocircuito interno. La impotencia que nos traía Edesur y su don para bajar la palanca siempre en las mismas manzanas del conurbano era revertida gracias a este atajo que ella podía tomar: correr a lo de sus papás para llevar la comida que teníamos en la heladera. Mis abuelos murieron y la casa tardó tres años en venderse. Durante esos tres años, la heladera no se desenchufó y a pesar de la soledad y las tinieblas de la casa vacía en la que pasó gran parte de su vida, algo la llevaba a juntar todo e ir hasta allá.

Sé que lo anecdótico de pensar su vínculo con la conservación de la comida sólo demora un poco más conocer cuál es el verdadero vínculo problemático: el de ella con la comida. Por más que suene ilógico, cuando rehogo cebolla en aceite para hacer una salsa, aunque esté a kilómetros de distancia siento que ella puede sentirlo, y ni hablar cuando en lugar de aceite, uso manteca. En mi casa se rehogaba en agua, o se cocinaba en agua. No por falta de aceite, era una elección: los fritos hacen mal. En mi casa no comíamos pizza de pizzería, como mucho, prepizzas de panadería. Las milanesas eran al horno, sin aceite en la placa. La leche siempre descremada, el queso de paquete verde (y podés sólo un cassette por día), la gaseosa light.

En la casa de mi tía se repiten las mismas enseñanzas. Y en la de mi otra tía son apenas más rebeldes, pero tampoco tanto. ¿Qué podés esperar de tres hermanas anoréxicas? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que incluso con más de 60 años siguen haciendo dieta cuando los médicos les dicen que ya no pueden adelgazar más? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que cuando mis abuelos estuvieron internados las vi una y cada vez almorzar un café con una traviata de queso? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que tuvieron padres que sufrieron el estigma de la gordura y tuvieron hijos que también?

Madre tiene millones de libros de cocina, ama cocinar, ama mirar la tele y descubrir nuevas recetas y, lo peor de todo, es que cocina riquísimo. Cuando hace sus comidas de dieta, sin aceite y sin mayonesa, incluso ahí, todo lo que hace es riquísimo. Es una gran pastelera, adora las tortas y así como nunca comimos hamburguesas Paty dentro de su territorio, nunca faltaron los bizcochuelos caseros ni los scons los domingos.

Muchas cosas no sé por qué las sé, quién decidió que era importante que contara con ese saber, pero hay cosas muy simples, específicas, casi naturalizadas que las sé, no sólo porque madre me las enseñó, sino porque quiso hacerlo:

La papa, batata y choclo se comen en pocas cantidades.

Hay que comprar las milanesas de soja que no son prefritas.

La mermelada siempre es BC.

Si antes de cenar tomás un vaso de agua o una taza de caldo comés menos.

En el colegio a las gordas les hacen la vida imposible.

Cuando ella era chica y abuelo hacía dieta sólo se comía bife con ensalada, todos los días lo mismo, pero hoy hay muchas más opciones.

Hay dietas que generan efecto rebote.

Muchas horas sin comer te predisponen a un atracón.

Existe un lugar llamado DietaClub.

 

Ana Novatti

Crecí en José Mármol, soy la tercera de cuatro hermanos e hija de una madre todo terreno. Fundamentalista de la siesta, extremadamente friolenta, tengo un solo tatuaje y es de un gato. Me gusta pensar que escribo con letras y que, cuando saco fotos, escribo con luz. Pero, por sobre todas las cosas, me gusta pensar que escribir cura.

Flotario, por Belén Bos

Flotario

Estoy flotando afuera de mi cuerpo, afuera de este planeta. Soy liviana, redonda, expansiva. Estoy vibrando naranja y violeta, puedo cambiar de color. La sensación es de querer quedarme acá para siempre. Podría estar así por miles de años. Flotando y sintiendo la calma absoluta del espacio.

De repente una fuerza extraña me lleva por un tobogán infinito, viajo a la velocidad de la luz y me zambullo en un espacio líquido, subacuático. Acá también estoy flotando. Me expando y me hago chiquita. Empiezo a latir. En este momento no puedo hacer otra cosa que existir, estar acá, esperando y alimentándome. Horneándome de a poco. Me aburro.

Todo a mi alrededor es rosado y suena a burbujas. Estoy zambullida en la panza de mamá. No sé bien en qué momento me vuelvo traslúcida, transparente, anfibia, pero todo es más divertido desde que tengo cuerpo.

Lo que pasa acá adentro es fascinante. Puedo nadar, estirarme, flotar, oler, tocar. No hay nada mejor que sentir mi piel a través del agua, abrir los brazos y las piernas, sacar la lengua, reírme y apretar los ojos hasta volverme china.

Escuchar la música que suena de fondo me da ganas de moverme con locura, hay un tema que mamá pone todo el tiempo, me gusta tanto que quisiera escucharlo para siempre en loop, que sea el soundtrack de mi vida futura afuera de la panza.  

Me gusta cuando mamá nada en el mar helado, el agua fría me eriza la piel, y odio cuando se lava los dientes porque se me revuelve la panza. Adoro el olor a jazmín y a pileta de verano. El morrón y el chocolate en rama. También me gusta pasear en auto y escuchar a mi abuela cantar.

Me estoy haciendo grande. Estoy algo incómoda acá adentro. Puedo crecer ilimitadamente y siento que este espacio apenas puede sostenerme. Por momentos me dan ganas de salir.

Me gusta enterarme lo que pasa afuera. Espiar las charlas de los demás, escuchar los secretos que susurran. Mi superpoder es estar en todos lados sin que nadie me vea.  

Estamos en la playa con mamá. Puedo sentir la arena y la espuma del agua revuelta en sus pies, su piel erizada, sus manos en la panza. Sé que falta poco para tocarla, olerla, escucharla. Muero de ganas de revolver sus rulos con mis dedos.

De lejos escucho el viento y la voz de papá que conversa con mamá. Quiero salir. No tengo miedo. Me intriga el mundo exterior. Quiero encontrármelos, aunque ya los conozco de antes. Los elegí para que me acompañen a crecer afuera de la panza hasta volver a viajar por el tobogán a algún lugar infinito. Y latir en otras galaxias, y en otras panzas que cambian de colores y flotan por miles de años.