Paloma, por María Laura Garateche

Ahí estabas, durmiendo adentro de una cajita transparente con agujeros por los que podía pasar mi mano para acariciar tus venas maltratadas. Yo, sentada a tu lado, procesaba ese cuadro que no pude pronunciar por mucho tiempo. Esperaba abrir los ojos y que todo fuera una pesadilla. Volver a la plenitud de tu nacimiento, a ese contacto cuerpo a cuerpo, piel con piel, lleno de miradas, caricias, olores, que nos habían robado.

Ahí seguía yo, esperando que eso que te había dejado inmóvil, en la profundidad de tus sueños, se esfumara completamente. Lo que hizo que nada te aqueje, que no sientas los constantes pinchazos, que no llores por el baño a la mañana temprano, que no te moleste que te acunen brazos extraños. Sumergida dentro de esa cajita transparente, en ese lugar donde aprendí que el dolor y la esperanza conviven, pero que también a veces predomina uno u otro.

Mis tetas llegaron a ese lugar endurecidas como dos rocas de leche solidificadas. Tuve que vaciarlas mecánicamente para que pudieran darte mi leche a través de ese tubito diminuto de plástico con el cual te alimentaban. La angustia no me permitió volver a llenarlas y quedaron así, vacías, como yo, esperándote.

Un día la enfermera te sacó de la cajita y pude tenerte en brazos. Creí que mi estado no podría darte la contención que necesitabas. Mi cuerpo autómata se había acostumbrado a estar ahí, al lado, esperando, con las tetas vacías y los ojos llenos de lágrimas. La enfermera me dijo que me abra la camisa para poder amamantarte. Tomé incrédula la teta con mis dedos para acercarla a tu boca. Vos seguías durmiendo en sueños. Pude ver tu rostro de frente y sentir la luminosidad de tu cara, esa paz que irradiabas a pesar de la lucha interna que libraba tu cuerpo por mantenerte latiendo.

Intenté presionar varias veces mi teta, hasta que una gota de leche cayó lentamente y se derramó sobre tu boca. Vi cómo la abrías tímidamente para tratar de alcanzarla. Tus ojos se mantuvieron cerrados. Mis lágrimas me recorrieron la cara hasta acariciar mi sonrisa. Ese fue tu primer movimiento, tu primera conexión con este lado del mundo, aquel que te esperaba mientras dormías en la cajita transparente, en ese lugar extraño y con personas extrañas, en ese, nuestro mundo, donde deberíamos haber sido solo vos y yo, Paloma.

 

Vos, por C. B.

Naciste un 8 de marzo, tu vida la pasaste en el barrio de Mataderos. Te casaste y tuviste tres hijos: Jorge, Teresita y Susana.

En 1995, cuando tu marido estaba internado por un cáncer, te enteraste de que una de tus hijas me iba tener. Ella no te había dicho nada.

En el 2000, sufriste de un ACV, que hizo que quedaras hasta el 2018 en cama.

Comencé a tener conciencia de lo que pasaba a los cuatro o cinco años. Yo iba todos los sábados a verte, entraba detrás de mi mamá, tu hija. Ella me hacía upa y me acercaba para que te diera un beso. No sé si te enterabas, no podías hablar, ni moverte. El ambiente en tu casa no era agradable, demasiado frío y oscuro. Aunque mi tía abriera las ventanas y dejara entrar la luz, no era lo mismo.

Más de una vez, Teresita llamaba a Susana y le decía “Mamá no está bien, llamá a la emergencia”. Todos creíamos que era la hora. Mi mamá se iba a las apuradas hacia Mataderos para verte, pero cuando llegaba ya te sentías mejor. Eras un ave fénix, podías ponerte mal y a la hora, volvía todo a la normalidad.

Hace unos años, vi un vídeo del día en que nací. Hacía como cuarenta grados, vos me tenías a upa y en un momento le dijiste a tu hija: “¿No tendrá calor?”. Yo no paraba de llorar. Esa fue la única vez que escuché tu voz.

Nunca supe qué hacías conmigo. ¿Qué me preparabas cuando era chica, a qué jugábamos, cómo eran las navidades en esos momentos?

Ya siendo más grande, probaba mirarte directo a los ojos, pero muy pocas veces mantuviste la mirada fija en mí. Llegué a agarrarte la mano, y cuando en una ocasión no me la soltaste, me sorprendí.

En el 2018, te internaron de urgencias, y te hice una sola visita, me pareció demasiado fuerte verte conectada a un montón de aparatos. A los meses, creo que en junio, llamaron del hospital a tu hija mayor, Teresita, y le dijeron que habías fallecido. Ella llamó a mi mamá y con papá se fueron al hospital. Yo me quedé en casa, en ese momento no lloré, pero acepté de una vez por todas que el momento era ése y que sí o sí tenía que suceder.

Lloré al verte en el cajón, ahí, tan quieta, sin expresión alguna. De vez en cuando, trataba de acercarme a verte, pero mi hermana no me lo permitía.

Y es hasta el día de hoy que me pregunto si nos estás viendo a todos desde algún lado o si ya no existe nada más después de la muerte, solo el sueño profundo.

 

C. B.

Me considero una persona bibliofílica y ailurofílica. Introvertida. Amo el olor de los libros. ¿Un día ideal para mí? Lluvia + un libro + un café o té y, por supuesto, no puede faltar la compañía de mi gato.

 

 

El camino de lxs ángeles, por Tatiana Parodi

—Voy sola. En 6 min te vuelvo a escribir.

Con mis dedos temblorosos abandono la conversación en línea y enciendo el logo invertido de una gota de agua levemente perforada que rastrea mi ubicación.

Atravieso por la mitad la calle Santiago del Estero observando la tenebrosa desolación de las dos librerías de la esquina, el estado de abandono de la verdulería que tengo en frente y la contigua panadería. Sin embargo, la ventana de un kiosco enrejado ofrece un opaco destello de luz que contrasta con las calles enlutadas.

En este territorio de guerra regreso mi mirada a las puertas de la sombría facultad y confirmo mi miedo: seguiré sola, en el barrio de Constitución a las 23 hs. Un fantasma motorizado protesta por mi lento caminar y reboto al otro lado de la calle, como rana que saltando escapa del agua hirviendo.

—La oferta académica tiene la culpa —pienso.

Sobre la calle Carlos Calvo el fuerte viento desnuda los desnutridos huesos de los árboles, provocando una lluvia de hojas amarillentas en el suelo agrietado. Observo como en la pared blanca una sombra alta y ancha consume la mía y al escuchar unos pasos cansados pero apresurados por alcanzarme, vuelvo a brincar; ahora como una miedosa rana que acepta su destino en una circunferencia que arde.

—Jesucristo, cúbreme con tu bendito manto y séllame con tu preciosa sangre —grito mentalmente.

Camino rápidamente hasta llegar al roto vidrio espejado de la puerta curuba envejecida que generalmente evito para no desafiar la suerte. Giro la cabeza  y detallo en el reflejo al hombre alto y gordo que con la mano derecha en el bolsillo cruza hacia la vereda de enfrente. Él devuelve una mirada triste y esa superficie de cristal se rasga profundamente; parece haber reconocido mi miedo.

Un pañuelo verde se asoma por su espalda.

—Sí, 2 de 4. Creo que voy a recuperatorio —confirma gritando.

Sigo al hombre con cara de estudiante de sociología. Él camina rápido y para alcanzarlo tengo que ir trotando. Continúa caminando por Carlos Calvo y yo doblo a la izquierda de la calle Carlos Pellegrini.

Me culpo por ser una sedentaria con piernas cortas y gordas susurro con la respiración entrecortada.

Encima de las baldosas contaminadas de la monstruosa avenida se dibuja el contorno de una mujer. Pretendo regresar mi mirada a un local de antigüedades y ahí está ella, convirtiéndome en su ángel del pañuelo verde.

Ella acompaña mi ritmo, está tan cerca que parecemos amigas sin ganas de hablar. Me detengo en una estación de gasolina y la detallo esquivando miradas acosadoras. Ella es otro tipo de ranas, de las que no transpiran miedo, ni caen en las trampas.

Desciendo por las escaleras del subte C, en la estación Independencia. Camino por el largo y misterioso pasillo intentando separarme de las almas solitarias y de los pequeños grupos transnochados. Sonrío a la cámara que está a la derecha. Saco la SUBE de mi bolsillo mientras camino unos metros hacia la izquierda y miro con disimulo al segundo lente. Saludo al trabajador de metrovías y desciendo por las escaleras.

Próximo tren en tres minutos —leo mentalmente en la lejana pantalla

Detrás de la línea amarilla del andén espero a que se abra la tapa de la olla subterránea para entrar a otro miedo y cambiar la estrategia autoprotectora.

 

Tatiana Parodi

Soy una legítima heredera del realismo mágico de García Márquez. Estoy comprometida con la ficción y el helado de limón granizado. Me considero la lluvia que inspira un verso, un café amargo por la mañana y una hoguera en el infierno, por esto, escribir me sana las quemaduras, endulza los puntos finales y me ofrece silencio en la tormenta.

El más allá, por Julieta Escat

Son las cuatro y cuarto de la tarde. Estoy en el cementerio de la Chacarita. No sé bien por qué vine, pero vine. Hay mucho silencio acá. Y por ese motivo, se escuchan las conversaciones de los pájaros a un volumen muy alto. Pasan autos por adentro del cementerio, pero son pocos. Hay más personas de a pie, como yo. Es increíble que en un lugar lleno de muerte haya tanto color. Hay flores muy vivas entre las tumbas. Algunas están cubiertas por una especie de enredadera que impide ver el fondo de cemento. Sólo se puede ver en ellas, en las lápidas, el dibujo de una cruz cristiana acompañada por la leyenda de algún familiar. En otros casos, sólo hay tierra y cruces torcidas. Quizás ya no queda ahí debajo ningún cadáver. Por ahí fue cremado. O tal vez nadie pudo comprarles a esas personas unas lápidas, como al resto de los fallecidos.

 

***

 

Las nubes se están yendo, y eso le da pie al sol para hacerse notar. Ahora se ve todavía más colorido el cementerio. Me da miedo que un día tenga que volver a un lugar así pero para visitar a algún familiar. Prefiero morirme yo antes. Vine para saber si me sentía más viva que los muertos, y creo que sí, porque mientras caminaba por entre las tumbas, antes de sentarme en este banco de cemento, me dio vértigo imaginar la posibilidad de caerme, sin querer, en una de ellas. Y sentir vértigo es cosa de vivos.

 

***

 

Hay olor a pasto mojado. Será porque esta mañana llovió, y ahora con el calor del sol las plantas desprenden este aroma a humedad. Los pájaros gritan mucho en este lugar. Eso me recuerda a que hoy tuve un sueño alborotado, relacionado con los muertos. Yo me encontraba en una casa nueva y, cuando abrí el armario de puerta corrediza, salieron un montón de zombis de piel blanca. Caminaban rápido, se me venían encima. De un momento a otro aparecimos en la cocina y yo les empecé a pegar con el palo de amasar. Los liquidé uno por uno. Sentía que se me agotaban las fuerzas, pero no podía dejarme morir así como si nada, menos por unos zombis de esas características. Y cuando creí que ya no quedaba ni uno, vino el mandamás, que tenía forma de burbuja naranja. Ese era resistente a los palazos, a los sillazos, a todo. Él y yo luchábamos en igualdad de condiciones. Era como esas bombuchas de agua chiquitas que no se revientan nunca. La pelea iba a durar mucho, pensé. Hasta que, de pronto, cuando el zombi-burbuja saltó hacia mi cara, agarré la sartén con aceite hirviendo e hice que cayera adentro. Se partió en mil pedazos.

 

***

 

En este momento hay un pájaro de lomo marrón y panza amarilla apoyado sobre la tumba de Clementina Norma Malqui Sánchez. Me gusta el nombre Clementina. La lápida dice: “19.11.1961 + 17.7.2011. Q.E.P.D. Te recordaremos siempre con amor. Tu esposo e hija, e hijo”. Le pusieron flores de papel. Están un poco desgastadas. Y en la tumba, que está repleta de esa enredadera parecida al musgo, hay un cartel de mármol que dice: “Norma. En tus 50 años, te extrañamos hoy, mañana y siempre”. Qué rara es la forma que tenemos de relacionarnos con la muerte en el mundo occidental. Una vez leí que en una tribu de Papúa Nueva Guinea, los familiares de los fallecidos acostumbraban a conservar las mandíbulas de sus seres queridos para hacerse collares con ellas. Tenía un significado muy profundo para ellos, que ahora no recuerdo.

 

Estos fragmentos forman parte de la crónica El más allá.

 

Julieta Escat
Escribo para sobrevivir, para procesar el material crudo de la experiencia.
Y leo para saber que no estoy sola.

 

 

Elena, por Ana Novatti

Elena

“No tomes agua tan fría, te va a caer mal”, dice madre. La verdad, varias veces lo hice y nunca me pasó nada. No suelo desayunar, eso sí me cae mal, pero incluso esas insólitas mañanas en las que me desperté sedienta de agua tan fría como si fuera deshielo del Cerro López, así y todo y con el estómago vacío, no me cayó mal. Pero no tengo manera de hacerle entender eso a madre. Ella sigue convencida. También lo está de que varios alimentos, como por ejemplo el alcaucil, tiene que ser calentado previamente si recién sale de la heladera, o dejarlo un rato en la mesa para que agarre temperatura ambiente.

Muchas veces pensé que, en lugar de hacerle caso a abuelo y convertirse en profesora de inglés, tendría que haber estudiado bromatología y así encausar esa obsesión por la conservación y cocción de los alimentos, por las fechas de vencimiento, por la cantidad de veces que cambió de estado un pedazo de carne o el tiempo que estuvo sin frío un sachet de leche. Cada producto que guarda en la heladera es meticulosamente lavado, y no, no me refiero a lavar la fruta o la verdura antes de guardarla en el cajón de abajo de todo, sino a los frascos de cualquier tipo o botellas. Todo, absolutamente todo, tiene que estar limpio.

Me da pena saber que en José Mármol cortan tanto la luz, sufro del calor cuando es verano o del aburrimiento en el invierno pero, por sobre todas las cosas, sufro cuando la veo repasar mentalmente todo lo que tiene en el freezer. Durante años, o prácticamente durante toda mi vida, cada vez que se cortaba la luz en casa, madre llenaba la conservadora para la playa con todo lo que tenía en la heladera y se iba hasta lo de los abuelos, vivían a sólo diez cuadras pero no recuerdo que se les haya cortado la luz más que por algún cortocircuito interno. La impotencia que nos traía Edesur y su don para bajar la palanca siempre en las mismas manzanas del conurbano era revertida gracias a este atajo que ella podía tomar: correr a lo de sus papás para llevar la comida que teníamos en la heladera. Mis abuelos murieron y la casa tardó tres años en venderse. Durante esos tres años, la heladera no se desenchufó y a pesar de la soledad y las tinieblas de la casa vacía en la que pasó gran parte de su vida, algo la llevaba a juntar todo e ir hasta allá.

Sé que lo anecdótico de pensar su vínculo con la conservación de la comida sólo demora un poco más conocer cuál es el verdadero vínculo problemático: el de ella con la comida. Por más que suene ilógico, cuando rehogo cebolla en aceite para hacer una salsa, aunque esté a kilómetros de distancia siento que ella puede sentirlo, y ni hablar cuando en lugar de aceite, uso manteca. En mi casa se rehogaba en agua, o se cocinaba en agua. No por falta de aceite, era una elección: los fritos hacen mal. En mi casa no comíamos pizza de pizzería, como mucho, prepizzas de panadería. Las milanesas eran al horno, sin aceite en la placa. La leche siempre descremada, el queso de paquete verde (y podés sólo un cassette por día), la gaseosa light.

En la casa de mi tía se repiten las mismas enseñanzas. Y en la de mi otra tía son apenas más rebeldes, pero tampoco tanto. ¿Qué podés esperar de tres hermanas anoréxicas? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que incluso con más de 60 años siguen haciendo dieta cuando los médicos les dicen que ya no pueden adelgazar más? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que cuando mis abuelos estuvieron internados las vi una y cada vez almorzar un café con una traviata de queso? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que tuvieron padres que sufrieron el estigma de la gordura y tuvieron hijos que también?

Madre tiene millones de libros de cocina, ama cocinar, ama mirar la tele y descubrir nuevas recetas y, lo peor de todo, es que cocina riquísimo. Cuando hace sus comidas de dieta, sin aceite y sin mayonesa, incluso ahí, todo lo que hace es riquísimo. Es una gran pastelera, adora las tortas y así como nunca comimos hamburguesas Paty dentro de su territorio, nunca faltaron los bizcochuelos caseros ni los scons los domingos.

Muchas cosas no sé por qué las sé, quién decidió que era importante que contara con ese saber, pero hay cosas muy simples, específicas, casi naturalizadas que las sé, no sólo porque madre me las enseñó, sino porque quiso hacerlo:

La papa, batata y choclo se comen en pocas cantidades.

Hay que comprar las milanesas de soja que no son prefritas.

La mermelada siempre es BC.

Si antes de cenar tomás un vaso de agua o una taza de caldo comés menos.

En el colegio a las gordas les hacen la vida imposible.

Cuando ella era chica y abuelo hacía dieta sólo se comía bife con ensalada, todos los días lo mismo, pero hoy hay muchas más opciones.

Hay dietas que generan efecto rebote.

Muchas horas sin comer te predisponen a un atracón.

Existe un lugar llamado DietaClub.

 

Ana Novatti

Crecí en José Mármol, soy la tercera de cuatro hermanos e hija de una madre todo terreno. Fundamentalista de la siesta, extremadamente friolenta, tengo un solo tatuaje y es de un gato. Me gusta pensar que escribo con letras y que, cuando saco fotos, escribo con luz. Pero, por sobre todas las cosas, me gusta pensar que escribir cura.

Flotario, por Belén Bos

Flotario

Estoy flotando afuera de mi cuerpo, afuera de este planeta. Soy liviana, redonda, expansiva. Estoy vibrando naranja y violeta, puedo cambiar de color. La sensación es de querer quedarme acá para siempre. Podría estar así por miles de años. Flotando y sintiendo la calma absoluta del espacio.

De repente una fuerza extraña me lleva por un tobogán infinito, viajo a la velocidad de la luz y me zambullo en un espacio líquido, subacuático. Acá también estoy flotando. Me expando y me hago chiquita. Empiezo a latir. En este momento no puedo hacer otra cosa que existir, estar acá, esperando y alimentándome. Horneándome de a poco. Me aburro.

Todo a mi alrededor es rosado y suena a burbujas. Estoy zambullida en la panza de mamá. No sé bien en qué momento me vuelvo traslúcida, transparente, anfibia, pero todo es más divertido desde que tengo cuerpo.

Lo que pasa acá adentro es fascinante. Puedo nadar, estirarme, flotar, oler, tocar. No hay nada mejor que sentir mi piel a través del agua, abrir los brazos y las piernas, sacar la lengua, reírme y apretar los ojos hasta volverme china.

Escuchar la música que suena de fondo me da ganas de moverme con locura, hay un tema que mamá pone todo el tiempo, me gusta tanto que quisiera escucharlo para siempre en loop, que sea el soundtrack de mi vida futura afuera de la panza.  

Me gusta cuando mamá nada en el mar helado, el agua fría me eriza la piel, y odio cuando se lava los dientes porque se me revuelve la panza. Adoro el olor a jazmín y a pileta de verano. El morrón y el chocolate en rama. También me gusta pasear en auto y escuchar a mi abuela cantar.

Me estoy haciendo grande. Estoy algo incómoda acá adentro. Puedo crecer ilimitadamente y siento que este espacio apenas puede sostenerme. Por momentos me dan ganas de salir.

Me gusta enterarme lo que pasa afuera. Espiar las charlas de los demás, escuchar los secretos que susurran. Mi superpoder es estar en todos lados sin que nadie me vea.  

Estamos en la playa con mamá. Puedo sentir la arena y la espuma del agua revuelta en sus pies, su piel erizada, sus manos en la panza. Sé que falta poco para tocarla, olerla, escucharla. Muero de ganas de revolver sus rulos con mis dedos.

De lejos escucho el viento y la voz de papá que conversa con mamá. Quiero salir. No tengo miedo. Me intriga el mundo exterior. Quiero encontrármelos, aunque ya los conozco de antes. Los elegí para que me acompañen a crecer afuera de la panza hasta volver a viajar por el tobogán a algún lugar infinito. Y latir en otras galaxias, y en otras panzas que cambian de colores y flotan por miles de años.