Lengua de lava online

El 13 de abril empieza la segunda edición online de Lengua de lava. Podés anotarte en lenguadelava@gmail.com

lengua virtual 2020

¿De qué se trata Lengua de lava?

Lengua de lava es un taller de lectura y escritura desde el magma de la experiencia

Te equipamos con una caja de herramientas con rutinas y hábitos de escritura para que te sea cada vez más fácil soltar la lengua y te acompañamos a bucear en tu intimidad de una manera amorosa, paciente y pensada, con películas, libros, poemas y relatos de autores de todo el mundo para que se muevan tus placas tectónicas y empiece a brotar eso que está adentro tuyo.

¿Qué incluye Lengua de lava?

  • 6 semanas de taller en un entorno virtual.
  • 3 zonas textuales con una selección de lecturas ficcionales y no ficcionales, poemas, ensayos y videos.
  • Propuestas de escritura semanales.
  • 4 encuentros online vía zoom 4 lunes de abril y mayo de 18:30 a 20 en horario argentino.

¿Quiénes lo coordinan?

Lengua de lava lo coordinamos Emilia Cortina @emicortina y Bárbara Duhau @barduhau, comunicadoras, docentes y fans de los recovecos de la lectura y la escritura.

¿Cuándo empieza?

Arrancamos el 13/04 así que tenés unos días para pensar, preguntar, dudar, confiar y anotarte. Descargá desde acá el programa de Lengua de lava online para que te saques todas las dudas. También podés entrar a nuestra web www.lenguadelava.com y seguirnos en Instagram: instagram.com/lengua.de.lava

¿Qué dicen los participantes de Lengua de lava?

“Del taller me llevo un montón de textos, muchos autores, mucha inspiración y producción propia. Aprendí a generarme espacio y tiempo para escribir y poner en palabras sensaciones, emociones, ideas. ¡Fue todo muy genial! Las coordinadoras acompañándonos e inspirándonos en el proceso, una selección de temáticas y zonas textuales perfectamente pensadas que fueron encastrando como piezas de rompecabezas, y una dosis perfecta de libertad para expresarnos y fluir con los estímulos que nos fueron compartiendo.” Belén Bos

“Este taller me reconectó con la alegría de escribir. Las lecturas y consignas me hicieron viajar por mi vida, me empujaron a escribir de y desde mi experiencia. Después de mucho tiempo queriendo contar historias ajenas, me encuentro en donde alguna vez supe estar: haciendo carne o palabras mi experiencia en este mundo.” Felicitas Martínez Vivot

“Aprendí muchísimo de la escucha atenta de mis compañeras, de sus estilos, de los temas que más las conmovían, sus recursos literarios, la construcción de imágenes. Siempre fue interesantísimo el espacio de intercambio y devoluciones. Y con los comentarios y sugerencias de Bárbara y Emilia, conocí autores y autoras nuevas para mí, textos que me gustaron mucho en cuanto a la forma de narrar.” Gabriel Diosques

”Durante el taller, logré ganar confianza al escribir. Con la bitácora pude adquirir fluidez y escribir sobre la nada o lo que me estaba pasando. Los temas fueron sumamente disparadores y no solo me permitieron escribir desde mi experiencia personal sino que pude hacer catarsis y escribir sobre situaciones complicadas que no había podido poner en palabras en su momento. En este sentido, el espacio fue liberador y necesario. Creo que fue una reconciliación conmigo misma y con la escritura.” María Laura Garateche

¿Cuánto sale el taller?

Para residentes en Argentina: $2200, vía transferencia bancaria.

Para residentes en el resto del mundo: USD40, vía PayPal (con todas las tarjetas).

¿Dónde me anoto?

Podés escribir un mail a lenguadelava@gmail.com o completar el formulario que está acá

¡Te esperamos!

Bárbara y Emilia

 

Domingos, por Nancy Miranda

El camino recorrido durante los domingos

del 2005 al 2006,

estuvo determinado por colectivo 85, cartel G,

que me llevaba desde Caballito hasta Avellaneda.

 

No sabía cómo mover la lengua,

cuando estaba frente a él.

Mi cuerpo se tensaba, pero igual iba

porque tuvo un accidente cerebrovascular.

 

Habían pasado diez o quince años

sin encontrarnos como hacen las familias.

Tuve enojo, pereza, miedo, orgullo

Me asombró descubrir que me esperaba cada domingo.

 

En la merienda solo tomábamos mate cocido,

le limaba las uñas y le encremaba las manos.

Estábamos tristes, recorríamos la impotencia.

Los silencios larguísimos se hicieron aliados nuestros.

 

Un día sin controlar mi esfínter bucal

le pregunté, ¿me querés?

Claro que sí, ¿y vos a mí?

El corazón se me abrió, comprendí toda mi vida.

 

Me avisaron por teléfono: tu papá se murió,

y volví a enmudecer por muchas horas.

Un velorio es un lugar donde las mezquindades desfilan

por suerte existen esos amigos que brillan y te abrazan.

 

Me puse mi mejor ropa para despedirlo,

y le di un beso en la frente cuando no hubo gente.

Una amiga me dijo: te re-pareces a tu viejo,

en el corte de la cara, en los pómulos, en las órbitas de los ojos.

 

Asumí mi rol de hija mayor, fui la anfitriona de la noche

y le contaba chistes morbosos a Fernanda.

Estuvo mi hermano, vinieron los compañeros de trabajo,

fue la última vez que vi a mi ahijada.

 

Lo despedimos como un rey.

Mi hermana nunca quiso verlo en el cajón.

Cuando llegó otro domingo, enfermé una semana

me tapé con la sábana y lloré sin parar

hasta la depresión.

 

 

Nancy Miranda

Cuando escribo, me viralizo como una trapecista de sueños/ una políglota del amor/ una maga de lo invisible/ también como una entrenadora de la escucha/ una poeta con un paraguas amarillo, a la que en los días de lluvia las palabras le salen por los dedos.

 

 

Paloma, por María Laura Garateche

Ahí estabas, durmiendo adentro de una cajita transparente con agujeros por los que podía pasar mi mano para acariciar tus venas maltratadas. Yo, sentada a tu lado, procesaba ese cuadro que no pude pronunciar por mucho tiempo. Esperaba abrir los ojos y que todo fuera una pesadilla. Volver a la plenitud de tu nacimiento, a ese contacto cuerpo a cuerpo, piel con piel, lleno de miradas, caricias, olores, que nos habían robado.

Ahí seguía yo, esperando que eso que te había dejado inmóvil, en la profundidad de tus sueños, se esfumara completamente. Lo que hizo que nada te aqueje, que no sientas los constantes pinchazos, que no llores por el baño a la mañana temprano, que no te moleste que te acunen brazos extraños. Sumergida dentro de esa cajita transparente, en ese lugar donde aprendí que el dolor y la esperanza conviven, pero que también a veces predomina uno u otro.

Mis tetas llegaron a ese lugar endurecidas como dos rocas de leche solidificadas. Tuve que vaciarlas mecánicamente para que pudieran darte mi leche a través de ese tubito diminuto de plástico con el cual te alimentaban. La angustia no me permitió volver a llenarlas y quedaron así, vacías, como yo, esperándote.

Un día la enfermera te sacó de la cajita y pude tenerte en brazos. Creí que mi estado no podría darte la contención que necesitabas. Mi cuerpo autómata se había acostumbrado a estar ahí, al lado, esperando, con las tetas vacías y los ojos llenos de lágrimas. La enfermera me dijo que me abra la camisa para poder amamantarte. Tomé incrédula la teta con mis dedos para acercarla a tu boca. Vos seguías durmiendo en sueños. Pude ver tu rostro de frente y sentir la luminosidad de tu cara, esa paz que irradiabas a pesar de la lucha interna que libraba tu cuerpo por mantenerte latiendo.

Intenté presionar varias veces mi teta, hasta que una gota de leche cayó lentamente y se derramó sobre tu boca. Vi cómo la abrías tímidamente para tratar de alcanzarla. Tus ojos se mantuvieron cerrados. Mis lágrimas me recorrieron la cara hasta acariciar mi sonrisa. Ese fue tu primer movimiento, tu primera conexión con este lado del mundo, aquel que te esperaba mientras dormías en la cajita transparente, en ese lugar extraño y con personas extrañas, en ese, nuestro mundo, donde deberíamos haber sido solo vos y yo, Paloma.

 

Instantáneas de un verano formoseño, por Gabriel Diosques

La vuelta traía el aire nuevo de la tardecita, el sol había bajado casi por completo. Papá sostenía la bici desde atrás mientras me decía “dale, pedaleá”. Cada tanto sentía un silencio repentino seguido de un cuchicheo vanamente disimulado. “¿Vos me soltaste?”, le inquiría al viejo. El me decía que no. A medida que íbamos llegando a la entrada al pueblo, el viejo se iba sincerando y me alentaba, “dale, que ahí vas solo”.

Vi adelante el cartel de “El Colorado” y la flecha, y mis músculos memorizaron que debían olvidar la tensión. Apenas abandonada la ruta, se olía el aroma de la tierra recién mojada por el camión regador, el piso húmedo dibujaba un camino liso, estable y fresco para tomar velocidad. En ese momento, el viejo me frenó de golpe. “Vos andá adelante nuestro así los abuelos te ven llegar manejando a vos y les das la sorpresa”. Y así fue, los vi ya desde la otra cuadra, sentados en la esquina, hasta alcancé a divisar el mate de madera en tu mano, abuelo.

Viví esa llegada como una especie de entrada triunfal, me sentía como alguien importante a quien el pueblo recibe con alabanzas.  Había aprendido a andar en bici. Y había aprendido en El Colorado, en el pueblo del calor, de los mosquitos y las chicharras, de las cunetas. ¿Será por eso que te fuiste a vivir tan lejos, abuelo?

 

Esta postal forma parte de la crónica “Instantáneas de un verano formoseño”.

 

Gabriel Diosques

Cuando era chico me gustaba imaginar que podía volar, aunque siempre me asustaron las alturas.

Con el tiempo encontré en la escritura un par de alas, y vértigo del bueno. 

 

 

Vos, por C. B.

Naciste un 8 de marzo, tu vida la pasaste en el barrio de Mataderos. Te casaste y tuviste tres hijos: Jorge, Teresita y Susana.

En 1995, cuando tu marido estaba internado por un cáncer, te enteraste de que una de tus hijas me iba tener. Ella no te había dicho nada.

En el 2000, sufriste de un ACV, que hizo que quedaras hasta el 2018 en cama.

Comencé a tener conciencia de lo que pasaba a los cuatro o cinco años. Yo iba todos los sábados a verte, entraba detrás de mi mamá, tu hija. Ella me hacía upa y me acercaba para que te diera un beso. No sé si te enterabas, no podías hablar, ni moverte. El ambiente en tu casa no era agradable, demasiado frío y oscuro. Aunque mi tía abriera las ventanas y dejara entrar la luz, no era lo mismo.

Más de una vez, Teresita llamaba a Susana y le decía “Mamá no está bien, llamá a la emergencia”. Todos creíamos que era la hora. Mi mamá se iba a las apuradas hacia Mataderos para verte, pero cuando llegaba ya te sentías mejor. Eras un ave fénix, podías ponerte mal y a la hora, volvía todo a la normalidad.

Hace unos años, vi un vídeo del día en que nací. Hacía como cuarenta grados, vos me tenías a upa y en un momento le dijiste a tu hija: “¿No tendrá calor?”. Yo no paraba de llorar. Esa fue la única vez que escuché tu voz.

Nunca supe qué hacías conmigo. ¿Qué me preparabas cuando era chica, a qué jugábamos, cómo eran las navidades en esos momentos?

Ya siendo más grande, probaba mirarte directo a los ojos, pero muy pocas veces mantuviste la mirada fija en mí. Llegué a agarrarte la mano, y cuando en una ocasión no me la soltaste, me sorprendí.

En el 2018, te internaron de urgencias, y te hice una sola visita, me pareció demasiado fuerte verte conectada a un montón de aparatos. A los meses, creo que en junio, llamaron del hospital a tu hija mayor, Teresita, y le dijeron que habías fallecido. Ella llamó a mi mamá y con papá se fueron al hospital. Yo me quedé en casa, en ese momento no lloré, pero acepté de una vez por todas que el momento era ése y que sí o sí tenía que suceder.

Lloré al verte en el cajón, ahí, tan quieta, sin expresión alguna. De vez en cuando, trataba de acercarme a verte, pero mi hermana no me lo permitía.

Y es hasta el día de hoy que me pregunto si nos estás viendo a todos desde algún lado o si ya no existe nada más después de la muerte, solo el sueño profundo.

 

C. B.

Me considero una persona bibliofílica y ailurofílica. Introvertida. Amo el olor de los libros. ¿Un día ideal para mí? Lluvia + un libro + un café o té y, por supuesto, no puede faltar la compañía de mi gato.

 

 

The Iguazú Lady, por Fernanda Sancho

The Iguazú Lady

 

Busqué mi vínculo líquido, acuífero, transparente, fluido, y nada me conectó con nada.

Pampa yerma por diques ajenos busco en mi desierto y en el viento, en los resquicios donde podría haber entrado.

Me gusta el agua, su fuerza destructiva de tsunami arrasador y su indispensabilidad para los seres vivos.

Me gusta cuando corre arroyita o ría.

Me gusta de mar templada sosteniéndome con su densidades de sal.

Me gusta hirviendo en la bañera, helada en los lagos del sur y tibia para beberla.

Me gusta dura de hielo en mi trago amigo.

Me gusta vaporosa en la selva húmeda y en la ciudad que muchos odian por su culpa.

Me gusta bailando con las olas contra los juncos del Delta haciendo destellitos dorados al atardecer.

Me gusta salpicándome los hombros con lluvia de verano como un cosquilleo suave, fresco e irreverente.

Me gusta garuada en la cara como de spa urbano mientras voy en bicicleta y le invento una canción.

Me gusta cuando me da risa en vez de furia estar bañada en charco sucio y reconocerle otra vez sus superpoderes.

¿Será esa alta participación suya en la composición de nuestros cuerpos la fuente de nuestros superpoderes también?

Someone cry someone spit y unos lloran y otros escupen.

El agua es mujer, el agua se siente por dentro y por fuera, el agua se ve, el agua se cuela en las grietas y cuando no es el lugar correcto hace doler, ahoga, hiela, pudre.

Pura no huele, combinada puede ser perfume, meada, cloro.

Y un vaso de agua no se le niega a nadie y es excelente como conductora de electricidad y ahí estuve 9 meses adentro de un vientre para vivir y ahí iría a saltar a una garganta para morir en menos de 9 segundos [espero-spray].

 

Fernanda Sancho

Una vez, como a los 8, escribí algo y se lo leí a los grandes. Recuerdo sus risas y yo no quería ser graciosa.