Instantáneas de un verano formoseño, por Gabriel Diosques

La vuelta traía el aire nuevo de la tardecita, el sol había bajado casi por completo. Papá sostenía la bici desde atrás mientras me decía “dale, pedaleá”. Cada tanto sentía un silencio repentino seguido de un cuchicheo vanamente disimulado. “¿Vos me soltaste?”, le inquiría al viejo. El me decía que no. A medida que íbamos llegando a la entrada al pueblo, el viejo se iba sincerando y me alentaba, “dale, que ahí vas solo”.

Vi adelante el cartel de “El Colorado” y la flecha, y mis músculos memorizaron que debían olvidar la tensión. Apenas abandonada la ruta, se olía el aroma de la tierra recién mojada por el camión regador, el piso húmedo dibujaba un camino liso, estable y fresco para tomar velocidad. En ese momento, el viejo me frenó de golpe. “Vos andá adelante nuestro así los abuelos te ven llegar manejando a vos y les das la sorpresa”. Y así fue, los vi ya desde la otra cuadra, sentados en la esquina, hasta alcancé a divisar el mate de madera en tu mano, abuelo.

Viví esa llegada como una especie de entrada triunfal, me sentía como alguien importante a quien el pueblo recibe con alabanzas.  Había aprendido a andar en bici. Y había aprendido en El Colorado, en el pueblo del calor, de los mosquitos y las chicharras, de las cunetas. ¿Será por eso que te fuiste a vivir tan lejos, abuelo?

 

Esta postal forma parte de la crónica “Instantáneas de un verano formoseño”.

 

Gabriel Diosques

Cuando era chico me gustaba imaginar que podía volar, aunque siempre me asustaron las alturas.

Con el tiempo encontré en la escritura un par de alas, y vértigo del bueno. 

 

 

El camino de lxs ángeles, por Tatiana Parodi

—Voy sola. En 6 min te vuelvo a escribir.

Con mis dedos temblorosos abandono la conversación en línea y enciendo el logo invertido de una gota de agua levemente perforada que rastrea mi ubicación.

Atravieso por la mitad la calle Santiago del Estero observando la tenebrosa desolación de las dos librerías de la esquina, el estado de abandono de la verdulería que tengo en frente y la contigua panadería. Sin embargo, la ventana de un kiosco enrejado ofrece un opaco destello de luz que contrasta con las calles enlutadas.

En este territorio de guerra regreso mi mirada a las puertas de la sombría facultad y confirmo mi miedo: seguiré sola, en el barrio de Constitución a las 23 hs. Un fantasma motorizado protesta por mi lento caminar y reboto al otro lado de la calle, como rana que saltando escapa del agua hirviendo.

—La oferta académica tiene la culpa —pienso.

Sobre la calle Carlos Calvo el fuerte viento desnuda los desnutridos huesos de los árboles, provocando una lluvia de hojas amarillentas en el suelo agrietado. Observo como en la pared blanca una sombra alta y ancha consume la mía y al escuchar unos pasos cansados pero apresurados por alcanzarme, vuelvo a brincar; ahora como una miedosa rana que acepta su destino en una circunferencia que arde.

—Jesucristo, cúbreme con tu bendito manto y séllame con tu preciosa sangre —grito mentalmente.

Camino rápidamente hasta llegar al roto vidrio espejado de la puerta curuba envejecida que generalmente evito para no desafiar la suerte. Giro la cabeza  y detallo en el reflejo al hombre alto y gordo que con la mano derecha en el bolsillo cruza hacia la vereda de enfrente. Él devuelve una mirada triste y esa superficie de cristal se rasga profundamente; parece haber reconocido mi miedo.

Un pañuelo verde se asoma por su espalda.

—Sí, 2 de 4. Creo que voy a recuperatorio —confirma gritando.

Sigo al hombre con cara de estudiante de sociología. Él camina rápido y para alcanzarlo tengo que ir trotando. Continúa caminando por Carlos Calvo y yo doblo a la izquierda de la calle Carlos Pellegrini.

Me culpo por ser una sedentaria con piernas cortas y gordas susurro con la respiración entrecortada.

Encima de las baldosas contaminadas de la monstruosa avenida se dibuja el contorno de una mujer. Pretendo regresar mi mirada a un local de antigüedades y ahí está ella, convirtiéndome en su ángel del pañuelo verde.

Ella acompaña mi ritmo, está tan cerca que parecemos amigas sin ganas de hablar. Me detengo en una estación de gasolina y la detallo esquivando miradas acosadoras. Ella es otro tipo de ranas, de las que no transpiran miedo, ni caen en las trampas.

Desciendo por las escaleras del subte C, en la estación Independencia. Camino por el largo y misterioso pasillo intentando separarme de las almas solitarias y de los pequeños grupos transnochados. Sonrío a la cámara que está a la derecha. Saco la SUBE de mi bolsillo mientras camino unos metros hacia la izquierda y miro con disimulo al segundo lente. Saludo al trabajador de metrovías y desciendo por las escaleras.

Próximo tren en tres minutos —leo mentalmente en la lejana pantalla

Detrás de la línea amarilla del andén espero a que se abra la tapa de la olla subterránea para entrar a otro miedo y cambiar la estrategia autoprotectora.

 

Tatiana Parodi

Soy una legítima heredera del realismo mágico de García Márquez. Estoy comprometida con la ficción y el helado de limón granizado. Me considero la lluvia que inspira un verso, un café amargo por la mañana y una hoguera en el infierno, por esto, escribir me sana las quemaduras, endulza los puntos finales y me ofrece silencio en la tormenta.

El más allá, por Julieta Escat

Son las cuatro y cuarto de la tarde. Estoy en el cementerio de la Chacarita. No sé bien por qué vine, pero vine. Hay mucho silencio acá. Y por ese motivo, se escuchan las conversaciones de los pájaros a un volumen muy alto. Pasan autos por adentro del cementerio, pero son pocos. Hay más personas de a pie, como yo. Es increíble que en un lugar lleno de muerte haya tanto color. Hay flores muy vivas entre las tumbas. Algunas están cubiertas por una especie de enredadera que impide ver el fondo de cemento. Sólo se puede ver en ellas, en las lápidas, el dibujo de una cruz cristiana acompañada por la leyenda de algún familiar. En otros casos, sólo hay tierra y cruces torcidas. Quizás ya no queda ahí debajo ningún cadáver. Por ahí fue cremado. O tal vez nadie pudo comprarles a esas personas unas lápidas, como al resto de los fallecidos.

 

***

 

Las nubes se están yendo, y eso le da pie al sol para hacerse notar. Ahora se ve todavía más colorido el cementerio. Me da miedo que un día tenga que volver a un lugar así pero para visitar a algún familiar. Prefiero morirme yo antes. Vine para saber si me sentía más viva que los muertos, y creo que sí, porque mientras caminaba por entre las tumbas, antes de sentarme en este banco de cemento, me dio vértigo imaginar la posibilidad de caerme, sin querer, en una de ellas. Y sentir vértigo es cosa de vivos.

 

***

 

Hay olor a pasto mojado. Será porque esta mañana llovió, y ahora con el calor del sol las plantas desprenden este aroma a humedad. Los pájaros gritan mucho en este lugar. Eso me recuerda a que hoy tuve un sueño alborotado, relacionado con los muertos. Yo me encontraba en una casa nueva y, cuando abrí el armario de puerta corrediza, salieron un montón de zombis de piel blanca. Caminaban rápido, se me venían encima. De un momento a otro aparecimos en la cocina y yo les empecé a pegar con el palo de amasar. Los liquidé uno por uno. Sentía que se me agotaban las fuerzas, pero no podía dejarme morir así como si nada, menos por unos zombis de esas características. Y cuando creí que ya no quedaba ni uno, vino el mandamás, que tenía forma de burbuja naranja. Ese era resistente a los palazos, a los sillazos, a todo. Él y yo luchábamos en igualdad de condiciones. Era como esas bombuchas de agua chiquitas que no se revientan nunca. La pelea iba a durar mucho, pensé. Hasta que, de pronto, cuando el zombi-burbuja saltó hacia mi cara, agarré la sartén con aceite hirviendo e hice que cayera adentro. Se partió en mil pedazos.

 

***

 

En este momento hay un pájaro de lomo marrón y panza amarilla apoyado sobre la tumba de Clementina Norma Malqui Sánchez. Me gusta el nombre Clementina. La lápida dice: “19.11.1961 + 17.7.2011. Q.E.P.D. Te recordaremos siempre con amor. Tu esposo e hija, e hijo”. Le pusieron flores de papel. Están un poco desgastadas. Y en la tumba, que está repleta de esa enredadera parecida al musgo, hay un cartel de mármol que dice: “Norma. En tus 50 años, te extrañamos hoy, mañana y siempre”. Qué rara es la forma que tenemos de relacionarnos con la muerte en el mundo occidental. Una vez leí que en una tribu de Papúa Nueva Guinea, los familiares de los fallecidos acostumbraban a conservar las mandíbulas de sus seres queridos para hacerse collares con ellas. Tenía un significado muy profundo para ellos, que ahora no recuerdo.

 

Estos fragmentos forman parte de la crónica El más allá.

 

Julieta Escat
Escribo para sobrevivir, para procesar el material crudo de la experiencia.
Y leo para saber que no estoy sola.