Lengua de lava, tercera edición

El 7 de agosto empieza la tercera edición de Lengua de lava. Podés anotarte en lenguadelava@gmail.com

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¿De qué se trata Lengua de lava?

Lengua de lava es un taller de lectura y escritura desde el magma de la experiencia

Te equipamos con una caja de herramientas con rutinas y hábitos de escritura para que te sea cada vez más fácil soltar la lengua y te acompañamos a bucear en tu intimidad de una manera amorosa, paciente y pensada, con películas, libros, poemas y relatos de autores de todo el mundo para que se muevan tus placas tectónicas y empiece a brotar eso que está adentro tuyo.

¿Cuánto dura?

Dos meses de encuentros quincenales de escritura los miércoles de 19 a 21 en Palermo, y la posibilidad de tener un tercer mes solo para vos, con un seguimiento personalizado para expandir el proyecto final de escritura que haya surgido durante el taller. En las semanas intermedias, nos encontramos en un espacio virtual, y además te damos una bitácora en papel que te acompaña durante todo el proceso de trabajo.

¿Quiénes lo coordinan?

Lengua de lava lo coordinamos Emilia Cortina @emicortina y Bárbara Duhau @barduhau, comunicadoras, docentes y fans de los recovecos de la lectura y la escritura.

¿Cuándo empieza?

Arrancamos el 7/8 así que tenés unos días para pensar, preguntar, dudar, confiar y anotarte. Descargá desde acá el programa de Lengua de lava 2019 para que te saques todas las dudas. También podés entrar a nuestra web www.lenguadelava.com y seguirnos en Instagram: instagram.com/lengua.de.lava

¿Qué dicen los participantes de la primera edición de Lengua de lava?

“Del taller me llevo un montón de textos, muchos autores, mucha inspiración y producción propia. Aprendí a generarme espacio y tiempo para escribir y poner en palabras sensaciones, emociones, ideas. ¡Fue todo muy genial! Las coordinadoras acompañándonos e inspirándonos en el proceso, una selección de temáticas y zonas textuales perfectamente pensadas que fueron encastrando como piezas de rompecabezas, y una dosis perfecta de libertad para expresarnos y fluir con los estímulos que nos fueron compartiendo.” Belén Bos

“Este taller me reconectó con la alegría de escribir. Las lecturas y consignas me hicieron viajar por mi vida, me empujaron a escribir de y desde mi experiencia. Después de mucho tiempo queriendo contar historias ajenas, me encuentro en donde alguna vez supe estar: haciendo carne o palabras mi experiencia en este mundo.” Felicitas Martínez Vivot

“Aprendí muchísimo de la escucha atenta de mis compañeras, de sus estilos, de los temas que más las conmovían, sus recursos literarios, la construcción de imágenes. Siempre fue interesantísimo el espacio de intercambio y devoluciones. Y con los comentarios y sugerencias de Bárbara y Emilia, conocí autores y autoras nuevas para mí, textos que me gustaron mucho en cuanto a la forma de narrar.” Gabriel Diosques

”Durante el taller, logré ganar confianza al escribir. Con la bitácora pude adquirir fluidez y escribir sobre la nada o lo que me estaba pasando. Los temas fueron sumamente disparadores y no solo me permitieron escribir desde mi experiencia personal sino que pude hacer catarsis y escribir sobre situaciones complicadas que no había podido poner en palabras en su momento. En este sentido, el espacio fue liberador y necesario. Creo que fue una reconciliación conmigo misma y con la escritura.” María Laura Garateche

¿Cuánto sale el taller?

$2200 pesos por mes. Incluye materiales de trabajo, merienda / picada y una bitácora de escritura.

¿Dónde me anoto?

Podés escribir un mail a lenguadelava@gmail.com o completar el formulario que está acá

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¡Te esperamos!

Bárbara y Emilia

 

Paloma, por María Laura Garateche

Ahí estabas, durmiendo adentro de una cajita transparente con agujeros por los que podía pasar mi mano para acariciar tus venas maltratadas. Yo, sentada a tu lado, procesaba ese cuadro que no pude pronunciar por mucho tiempo. Esperaba abrir los ojos y que todo fuera una pesadilla. Volver a la plenitud de tu nacimiento, a ese contacto cuerpo a cuerpo, piel con piel, lleno de miradas, caricias, olores, que nos habían robado.

Ahí seguía yo, esperando que eso que te había dejado inmóvil, en la profundidad de tus sueños, se esfumara completamente. Lo que hizo que nada te aqueje, que no sientas los constantes pinchazos, que no llores por el baño a la mañana temprano, que no te moleste que te acunen brazos extraños. Sumergida dentro de esa cajita transparente, en ese lugar donde aprendí que el dolor y la esperanza conviven, pero que también a veces predomina uno u otro.

Mis tetas llegaron a ese lugar endurecidas como dos rocas de leche solidificadas. Tuve que vaciarlas mecánicamente para que pudieran darte mi leche a través de ese tubito diminuto de plástico con el cual te alimentaban. La angustia no me permitió volver a llenarlas y quedaron así, vacías, como yo, esperándote.

Un día la enfermera te sacó de la cajita y pude tenerte en brazos. Creí que mi estado no podría darte la contención que necesitabas. Mi cuerpo autómata se había acostumbrado a estar ahí, al lado, esperando, con las tetas vacías y los ojos llenos de lágrimas. La enfermera me dijo que me abra la camisa para poder amamantarte. Tomé incrédula la teta con mis dedos para acercarla a tu boca. Vos seguías durmiendo en sueños. Pude ver tu rostro de frente y sentir la luminosidad de tu cara, esa paz que irradiabas a pesar de la lucha interna que libraba tu cuerpo por mantenerte latiendo.

Intenté presionar varias veces mi teta, hasta que una gota de leche cayó lentamente y se derramó sobre tu boca. Vi cómo la abrías tímidamente para tratar de alcanzarla. Tus ojos se mantuvieron cerrados. Mis lágrimas me recorrieron la cara hasta acariciar mi sonrisa. Ese fue tu primer movimiento, tu primera conexión con este lado del mundo, aquel que te esperaba mientras dormías en la cajita transparente, en ese lugar extraño y con personas extrañas, en ese, nuestro mundo, donde deberíamos haber sido solo vos y yo, Paloma.

 

Elena, por Ana Novatti

Elena

“No tomes agua tan fría, te va a caer mal”, dice madre. La verdad, varias veces lo hice y nunca me pasó nada. No suelo desayunar, eso sí me cae mal, pero incluso esas insólitas mañanas en las que me desperté sedienta de agua tan fría como si fuera deshielo del Cerro López, así y todo y con el estómago vacío, no me cayó mal. Pero no tengo manera de hacerle entender eso a madre. Ella sigue convencida. También lo está de que varios alimentos, como por ejemplo el alcaucil, tiene que ser calentado previamente si recién sale de la heladera, o dejarlo un rato en la mesa para que agarre temperatura ambiente.

Muchas veces pensé que, en lugar de hacerle caso a abuelo y convertirse en profesora de inglés, tendría que haber estudiado bromatología y así encausar esa obsesión por la conservación y cocción de los alimentos, por las fechas de vencimiento, por la cantidad de veces que cambió de estado un pedazo de carne o el tiempo que estuvo sin frío un sachet de leche. Cada producto que guarda en la heladera es meticulosamente lavado, y no, no me refiero a lavar la fruta o la verdura antes de guardarla en el cajón de abajo de todo, sino a los frascos de cualquier tipo o botellas. Todo, absolutamente todo, tiene que estar limpio.

Me da pena saber que en José Mármol cortan tanto la luz, sufro del calor cuando es verano o del aburrimiento en el invierno pero, por sobre todas las cosas, sufro cuando la veo repasar mentalmente todo lo que tiene en el freezer. Durante años, o prácticamente durante toda mi vida, cada vez que se cortaba la luz en casa, madre llenaba la conservadora para la playa con todo lo que tenía en la heladera y se iba hasta lo de los abuelos, vivían a sólo diez cuadras pero no recuerdo que se les haya cortado la luz más que por algún cortocircuito interno. La impotencia que nos traía Edesur y su don para bajar la palanca siempre en las mismas manzanas del conurbano era revertida gracias a este atajo que ella podía tomar: correr a lo de sus papás para llevar la comida que teníamos en la heladera. Mis abuelos murieron y la casa tardó tres años en venderse. Durante esos tres años, la heladera no se desenchufó y a pesar de la soledad y las tinieblas de la casa vacía en la que pasó gran parte de su vida, algo la llevaba a juntar todo e ir hasta allá.

Sé que lo anecdótico de pensar su vínculo con la conservación de la comida sólo demora un poco más conocer cuál es el verdadero vínculo problemático: el de ella con la comida. Por más que suene ilógico, cuando rehogo cebolla en aceite para hacer una salsa, aunque esté a kilómetros de distancia siento que ella puede sentirlo, y ni hablar cuando en lugar de aceite, uso manteca. En mi casa se rehogaba en agua, o se cocinaba en agua. No por falta de aceite, era una elección: los fritos hacen mal. En mi casa no comíamos pizza de pizzería, como mucho, prepizzas de panadería. Las milanesas eran al horno, sin aceite en la placa. La leche siempre descremada, el queso de paquete verde (y podés sólo un cassette por día), la gaseosa light.

En la casa de mi tía se repiten las mismas enseñanzas. Y en la de mi otra tía son apenas más rebeldes, pero tampoco tanto. ¿Qué podés esperar de tres hermanas anoréxicas? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que incluso con más de 60 años siguen haciendo dieta cuando los médicos les dicen que ya no pueden adelgazar más? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que cuando mis abuelos estuvieron internados las vi una y cada vez almorzar un café con una traviata de queso? ¿Qué podés esperar de tres hermanas que tuvieron padres que sufrieron el estigma de la gordura y tuvieron hijos que también?

Madre tiene millones de libros de cocina, ama cocinar, ama mirar la tele y descubrir nuevas recetas y, lo peor de todo, es que cocina riquísimo. Cuando hace sus comidas de dieta, sin aceite y sin mayonesa, incluso ahí, todo lo que hace es riquísimo. Es una gran pastelera, adora las tortas y así como nunca comimos hamburguesas Paty dentro de su territorio, nunca faltaron los bizcochuelos caseros ni los scons los domingos.

Muchas cosas no sé por qué las sé, quién decidió que era importante que contara con ese saber, pero hay cosas muy simples, específicas, casi naturalizadas que las sé, no sólo porque madre me las enseñó, sino porque quiso hacerlo:

La papa, batata y choclo se comen en pocas cantidades.

Hay que comprar las milanesas de soja que no son prefritas.

La mermelada siempre es BC.

Si antes de cenar tomás un vaso de agua o una taza de caldo comés menos.

En el colegio a las gordas les hacen la vida imposible.

Cuando ella era chica y abuelo hacía dieta sólo se comía bife con ensalada, todos los días lo mismo, pero hoy hay muchas más opciones.

Hay dietas que generan efecto rebote.

Muchas horas sin comer te predisponen a un atracón.

Existe un lugar llamado DietaClub.

 

Ana Novatti

Crecí en José Mármol, soy la tercera de cuatro hermanos e hija de una madre todo terreno. Fundamentalista de la siesta, extremadamente friolenta, tengo un solo tatuaje y es de un gato. Me gusta pensar que escribo con letras y que, cuando saco fotos, escribo con luz. Pero, por sobre todas las cosas, me gusta pensar que escribir cura.